jueves, 10 de septiembre de 2009

el peor analfabeto es el analfabeto político

8 de septiembre. Día internacional de la alfabetización. Juana Pimienta deletrea las primeras vocales de su nombre. Escribir la historia. Leer la realidad. Alfabetizadores y alfabetizadoras van haciendo un camino para comprender al mundo. Alfabetizadores y alfabetizadoras que aprenden enseñando las urgencias de cambiar la vida. Un nombre. Paulo Freire. Un tiempo. Hoy.

Claudia Korol nos cuenta que conoció a Paulo Freire en los comienzos del año 93, cuando le hizo una entrevista en la que, con un entusiasmo recién estrenado, le contó los contenidos esenciales de su último libro: “Pedagogía de la Esperanza”. Y dice:


Eran tiempos oscuros, en los que asistíamos a variadas deserciones que asumían y reproducían las profecías sobre el fin de los sueños.

La desesperanza marchitaba rápidamente las pasiones. Se consideraba normal la fuga masiva de los ideales, y casi como un destino inevitable los renunciamientos. Los dogmas se volvían su contrario. Quien había proclamado la irreversibilidad del camino al socialismo, condenaba a quienes seguían creyendo en el socialismo como oportunidad humana. Se anunciaba el eterno presente y futuro del capitalismo neomaquillado de liberalismo.

Eran tiempos en que se sumaban frustraciones y se restaban principios, se multiplicaban los olvidos y se dividían las frágiles unidades de los sobrevivientes de las derrotas. La desconfianza, potenciada, carcomía los corazones y las conciencias. El triunfo del capitalismo era, sobre todo, un hecho cultural. Valores, ideas, sentido común, conciencia, se volcaban a favor de la reproducción del sistema y de su dominación, fundada en la despedazada voluntad de sus opositores, en la difundida creencia que se encontraban frente a enemigos invencibles, a quienes sólo nos restaba servir y adorar. La Maldición de Malinche se repetía una vez más en estas tierras, en las que se anunciaba sin pudor nuestras relaciones carnales con el imperio.


Cuando conocí a Paulo, ese viejo entusiasta e irreverente cuyo aspecto me hacía recordar a aquellos ancianos sabios que poblaban los cuentos infantiles, un soplo de frescura alentó mi búsqueda de seguir creyendo sin creencias, de seguir soñando sin pesadillas. Paulo “estaba” optimista, o mejor aún, “era” optimista. El suyo no era un optimismo ingenuo. Nacía de su arraigado pensamiento dialéctico, que lo llevaba a desconfiar de las proclamas sobre el fin del movimiento de la historia, o sobre la declarada quietud del universo. Nacía de su opción vital por los oprimidos, con quienes construyó su pedagogía emancipadora.


Paulo Freire acababa de realizar una autocrítica pública de sus propias creencias y prácticas. En el libro “Pedagogía de
la Esperanza” revisó los contenidos de su histórica obra “Pedagogía del Oprimido” a la luz de los 25 años transcurridos, polemizando consigo mismo, con sus críticos, y con las experiencias producidas. Afirmó enfoques, profundizó sus ideas y criterios, modificó opiniones, para continuar el camino, haciendo de los aciertos, aprendizajes, y de los errores, experiencias.


Volví a verlo unos años después, en un encuentro que realizamos con un grupo de educadores populares latinoamericanos. Conversamos sobre las nuevas experiencias de educación popular que se estaban realizando en América Latina. Escuchaba, sobre todo, con mucha atención. Cada tanto se entusiasmaba y compartía con nosotros sus últimas ideas. Era un gran conversador, pedagogo del diálogo, del crecimiento mutuo en el encuentro vital que anima las experiencias militantes. Hablaba de todas las cosas de la vida. De experiencias vividas, en el exilio, en África, luego como Secretario de Educación de Sao Paulo. Junto a Frei Betto, recordaban algunos de los momentos compartidos al escribir el libro “Esa escuela llamada vida”, y pensaban cuáles deberían ser los nuevos temas para abordar en algún futuro libro. Conversamos sobre el lugar del amor y de la rabia en la vida y en la militancia.


Disparaba una risa ancha hacia aquellos que años atrás lo habían criticado por no ser suficientemente “marxista” y que en estos años se alejaban del marxismo como quien huye de la peste. Muchos de sus críticos, que habían “condenado” a Paulo desde un marxismo dogmático y prepotente, realizaban ahora nuevas críticas en nombre de un supuesto “realismo” que mandaba abandonar ideales, sueños, esperanzas, y trabajar, si no en la salvación individual, en un pragmático asistencialismo sin horizontes.


Paulo rescataba la esencia dialéctica del marxismo, su método de análisis de la sociedad, y una línea que profundizaran, posteriormente a Marx, aquellos que afirmando su posición revolucionaria, refutaban las posiciones mecanicistas y metafísicas que predominaban en el “marxismo oficializado” por
la URSS y sus seguidores. Su alma inquieta lo acercaba con especial devoción, al marxismo renacido una y otra vez en las duras condiciones del combate anticapitalista. El marxismo de Gramsci, con quien decía haber “intimado” en la lectura de los Cuadernos de la Cárcel. El marxismo del Che, de quien subrayaba un aspecto fundamental de la teoría del conocimiento, como es el de la estricta coherencia entre teoría y práctica, y la valoración del papel de la subjetividad en el quehacer histórico; el del líder de la liberación africana Amílcar Cabral, de quien rescataba su acción político pedagógica y su visión de la lucha cultural como factor esencial en la emancipación de los pueblos coloniales.


Paulo fundamentaba su pedagogía en una afirmación filosófica subversiva. Frente al mandato cultural de la metafísica, Paulo se hacía más dialéctico, frente al mensaje del conformismo y la quietud, Paulo proponía el movimiento y la indignación. Una pedagogía hecha con rabia, con indignación y con esperanza, para seguir siendo, en el tiempo actual, pedagogía del oprimido, pedagogía emancipadora, y no una propuesta educativa de domesticación de los agredidos por el sistema impuesto a sangre y fuego.

Desde que en 1967 la ONU y la UNESCO decidieran que el 8 de Septiembre se celebraría el Día Internacional de la Alfabetización, se han realizado muchos progresos realizados en gran cantidad de países para que la población aprenda a leer y escribir. Bolivia, en diciembre del 2008 fue declarada territorio libre de analfabetismo, por ejemplo.


Sin embargo, todavía hoy, existen en el mundo 880 millones de adultos que no saben leer ni escribir, de los cuales dos terceras partes son mujeres. De los más de 120 millones de niños que se ven privados de educación básica, las dos terceras partes son niñas.

“El peor analfabeto es el analfabeto político”, escribió Bertol Brech. “No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos.No sabe que el precio del poroto, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas.El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política.No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.





Brindar la rosa
en el tiempo y el espacio mágico del aire radial.
Radializarla. Irradiarla.
Regarla con la poesía, la música, los dolores
y la esperanza que guarda la tierra.
Rehacer la rosa pétalo a pétalo,
Me quiere mucho,
muchito y todo.
Blindarla en el combate. Brindarla en el amor.
Risarla con alegre rebeldía.
La rosa brindada. Espacio de los intentos.


La rosa brindada

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